• Redacción, traducción y diseño por EMIRU.
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La figura de su hermana mayor, presuntamente asesinada, siempre está cerca.
Esto no es expresar las cosas poéticamente. Aquellos que siempre fueron destinados a dirigir la casa de los Kagura fueron ese par de gemelas: Chizuru y Maki Kagura.
En las ventanas de los edificios, en el espejo retrovisor de un automóvil, en la vitrina de una tienda de la ciudad, incluso en la superficie de un estanque, el propio reflejo de Chizuru era la viva imagen de su hermana difunta.
—Yagami… uh, con su permiso. El maestro Yasakani ha llegado.
—¿Y Kyo Kusanagi?
—Él todavía no nos honra con su presencia.
—De verdad, eso es exquisito. Sería muy improbable que esos dos se conocieran cordialmente, ¿no crees?
Chizuru Kagura responde desde el otro lado de una pantalla de shoji. Su suspiro se disipa en el aire de ese edificio que sugiere un gran y tranquilo santuario sintoísta.
—Por favor, dile que estaré allí.
—¿No sería preferible dejarlo esperar un poco más?
—¿Para qué?
—…
—Si te preocupas por mí, estoy bien. Hace poco me sentí algo agotada, eso es todo.
—Entonces supongo que no tengo por qué preocuparme.
—Estoy bien. Sí, bastante bien.
Cuando deja la gran entrada de la casa de Kagura, Iori Yagami rechaza el coche que estaba esperándolo, ignora a quienes lo ven y sigue su camino.
El camino de adoquines que atraviesa los hogares de las familias está pavimentado con piedras bien biseladas; es claro que se cuida regularmente para mantenerlo inmaculado.
Pero Yagami, ajeno a su elegante entorno, continúa su camino hacia casa.
Con su cuerpo bien templado, su cabello rojo complementa la mirada brillante y afilada entre sus ojos.
(¡Bah!).
Mientras recuerda la discusión previa en la casa de Kagura, una indescriptible rabia sin objetivo alguno brota dentro de él.
Después de cinco minutos de caminata, llega a un ferrocarril que atraviesa las filas de casas antiguas.
Fija su mirada en una figura solitaria montada en una motocicleta al otro lado de las vías del tren.
Yagami se detiene bruscamente.
El hombre lleva un casco, lo que hace imposible conocer su identidad.
Pero para Yagami, no hay duda de quién es esa persona.
(…)
Los dos permanecen inmóviles en lados opuestos de la vía. Solo el motor de la motocicleta se atreve a emitir un sonido, produciendo un ronroneo bajo y bien controlado.
En poco tiempo se acerca un tren y se oyen las campanas de advertencia.
La barrera del cruce ferroviario de color amarillo y negro desciende lentamente entre los dos.
El hombre en la motocicleta levanta con su mano la visera de su casco.
En el momento en que Iori piensa que puede distinguir el rostro del piloto, el tren se cruza entre ellos.
(Es él, sin duda).
Ese instante era todo lo que se necesitaba.
Otro tren pasa en la dirección opuesta, y aunque la línea de visión permanece obstruida, Iori no necesita más confirmación.
Cuando los trenes pasan, la figura del motociclista ya no se ve en ninguna parte.
Iori puede distinguir el ruido del motor de una motocicleta que se desvanece en la distancia.
(¿Quién creería que me uniría a ese payaso? ¡Bah!).
El rostro de Yagami, enmarcado por su cabello rojo, se dibuja lentamente en lo que, a falta de una palabra mejor, podemos llamar una "sonrisa".
Historia, depreciación, cinismo, odio, locura, desdén y destino.
Una variedad de emociones inexpresables llenan el alma de Yagami cuando se enfrenta a su enemigo. Lo único que puede eliminar estas emociones abrumadoras que le resulta imposible manejar, es el acto de pelear.
—Así que no has estado viajando recientemente, ¿verdad?
Kyo Kusanagi, llevado a las habitaciones interiores de la casa Kagura, plantea esta pregunta a su anfitriona cuando se encuentra cara a cara con Chizuru.
Kyo había notado dos motocicletas afuera de la casa mientras estacionaba la suya. Parecían estar colocadas cuidadosamente, pero pudo sentir que nadie las había usado durante bastante tiempo.
—No, no hace poco. No has cambiado.
—Ojalá pudiera decir lo mismo, he tenido bastantes cosas que hacer recientemente.
Chizuru se arrodilla ante él con una postura impecable. Para Chizuru, que se sienta perfectamente inmóvil, esa es la forma de dignidad natural que corresponde al líder de la casa Kagura.
—He visto a Yagami hace unos minutos.
—¿Oh, en serio?
—Entonces, ¿a qué debo el placer esta vez? ¿Qué asunto tan urgente ocurre para que convoques simultáneamente, no solo a mí, sino también a Yagami a tu humilde morada?
—Parece que debo ser franca contigo.
—Puedes ser como quieras, solo dímelo directamente.
—Me gustaría que te unieras al equipo de los Tres Tesoros Sagrados en este torneo de The King of Fighters, lo cual significaría que nosotros tres… Kyo Kusanagi —tú, por supuesto—, junto con Iori Yagami.
—Independientemente de lo que esté a punto de decir, no hay manera de que Yagami acepte tal propuesta.
—Ya lo ha hecho.
—¿Estás bromeando?
Increíble. El propio Yagami, de todas las cosas, ya había accedido a la petición de Chizuru.
—Oye, ¿qué tipo de hechizo le echaste?
—Si Yasakani no nos hubiera prestado su fuerza…
—¿Sí?
—Tanto los Kusanagi como los Yata estarían seguros de sufrir la derrota.
—…
—Probablemente fue demasiado para él, ya sabes… que alguien más derrotara a los Kusanagi.
—¿Quién derrotaría a quién?
Chizuru cierra los ojos.
—¿Me estás diciendo que soy alguien que no puede ganar sin la ayuda de Yagami?
—Tal vez… ese sea el caso.
—¡Kagura!
La atmósfera se vuelve tensa entre los dos.
Entonces, por alguna razón, la imagen de las dos motocicletas viene a la mente. Son dos modelos del mismo tipo que parecen haber sido abandonados.
—Pff, bueno, lo que sea. De todos modos, ese torneo impide que muera de aburrimiento cada año.
—Gracias… estoy agradecida.
Kyo toma su casco y se levanta.
—Te dije que era una manera de espantar el aburrimiento, ¿no? No hay necesidad de agradecerme.
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