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Nagase | KOF MI2

La magnífica actuación de Nagase causa un tremendo alboroto. Ella no era consciente de que sus habilidades fueran increíbles o especiales. Simplemente le parecía que tantos ánimos resultaban molestos, por calificarlos de algún modo.
“Oh, vaya… parece que he vuelto a ganar”.
Después de insertar una moneda en la máquina, había encadenado 87 partidas perfectas sin perder una sola vez.
“Eh, tú”.
Al mirar a la multitud tras ella, Nagase de fija en un tipo alto y desgarbado. Nunca le había visto, pero sus palabras dejan mucho que desear y, al llamarle, el chico se siente desconcertado siendo el centro de atención.
“¡Te digo a ti, el alto y desgarbado con ojos de huevo!”.
Nagase quiere que su rival ataque, pero, cuando todos esperan atentos a ver cómo gana su partida número 88 consecutiva, piensa que ya ha alcanzado un récord considerable y que ha tenido suficientes combates con un puñado de peleles, y decide retirarse.
“Es todo tuyo, amigo”.
“¿Eh…?”.
“Muestra a todos lo que vales”.
Animando al pobre chico con cara de tonto, Nagase se abre paso entre la multitud y sale del salón de arcades.
“Los niños de hoy en día ya no tienen espíritu de pelea”.
Ya lejos del sonido electrónico que invadía los recreativos, Nagase reflexiona sobre las victorias del día y se estira como si fuera de plastilina.
Aunque hubiera seguido jugando 88, 100 o 200 partidas, le habría resultado imposible perder. Una visión capaz de registrar cada movimiento, unas manos que manejaban el joystick con la precisión de una máquina y unos reflejos sorprendentemente rápidos, por encima de la media, Nagase tenía eso y más.
Y con esa ficha técnica, el récord logrado por Nagase era una mera anécdota.
Nagase era su apodo. Ni su alias la convertía necesariamente en japonesa, ni constituían prueba de que fuera china. No era más que un mero apodo que habían decidido darle.
“Que amargura…”.
Torciendo el gesto, Nagase muerde la pastilla con sus dientes blancos como perlas, y se la traga sin agua. Después, se toma el complemento vitamínico que le recetaron para todos los días sin excepción, y que siempre le provoca una mueca que parece describir su desagradable sabor.
“Si tengo que beberme esto, no estaría mal que lo hicieran más dulce. Nuestro departamento de desarrollo está trabajando en ello”.
Nagase se agazapa tras una farola en la calle y vigila a la gente que va y viene con mirada hosca; se mezcla con el entorno de una ciudad en la que la sombra del caos cierne constantemente. No obstante, las miradas de los peatones de la calle podrían deberse a esos ojos diabólicos… esos ojos con un cierto encanto envenenado provocan con su insolencia.
En ese momento, un pequeño punto de luz parpadea sobre las gafas de Nagase y escucha una suave voz masculina susurrándole.
“¿Ya has terminado se jugar?”.
“Sí, supongo que sí”.
Nagase asiente tranquila. Nadie parece captar la conversación. La voz que oye es tan suave como las respuestas de Nagase, así que resulta prácticamente inaudible para una persona normal.
Cuando oscurece, Nagase apoya las manos en las rodillas, se levanta y vuelve a estirarse exageradamente para dirigirse al callejón abandonado y tenebroso, lejos de la multitud.
“Bueno, pues si ya has acabado de jugar, ¿qué tal si continúas con tu misión?”.
Y aparece una llamativa limusina negra en mitad del callejón de tiendas electrónicas bloqueándole el paso de Nagase.
“En primer lugar, te daré tu nuevo equipamiento”.
“Muy bien”.
Un hombre vestido de negro sale del asiento del copiloto de la limusina y tiende una caja larga de metal hacia ella.
“No es que importe mucho, pero ¿no podrías haberlo hecho más ligero?”.
Nagase toma la caja y alza la vista, dirigiendo su queja al fornido hombre de negro. Pero, a diferencia de la voz misteriosa salida de la nada, el tipo permanece en silencio, y una vez entregado el material, vuelve al coche sin mediar palabra. El vehículo arranca hacia un destino desconocido.
“¿A que viene esa actitud?”.
“A esos tipos los tienes aterrorizados”.
Nagase refunfuña mientras abre la caja, y vuelve a oír de nuevo la misteriosa voz.
“Pero basta de hablar. Creía que odiabas a los habladores, ¿me equivoco?”.
“Supongo que tienes razón”.
La caja contiene lo siguiente: un bastón rojo y uno blanco, y un disco con un brillo fluorescente.
“Pling…”.
Se escucha un leve tintineo metálico cuando se despliega la armadura de su guante de combate. Nagase inserta el disco en la estrecha ranura de su guante, se echa las dos varas al hombro y las conecta delicadamente a la montura de sus gafas de sol.
De nuevo, una luz resplandece en los cristales de sus gafas y empiezan a surgir figuras nítidas como un torrente de imágenes. Es como si las gafas de sol de Nagase fueran una especie de monitor.
“Te lo advierto: ahora no es un juego”.
La voz masculina y etérea susurra a Nagase, que da toques rítmicos a la montura para ir recorriendo las filas de números que muestran los lentes.
“Esto es real”.
“Eso dirás tú, pero al fin y al cabo, todo en la vida es un juego, ¿no?”.
Nagase responde con audacia ajustándose las gafas de sol. Dejando a un lado la caja vacía, junta las manos lentamente y vuelve a abrirlas. Es como si quiera comprobar que su propio cuerpo responde a sus órdenes.
Tras finaliza una breve serie de ejercicios preparatorios, la voz vuelve a dirigirse a ella.
“Demostrarás la superioridad de tus habilidades en este combate, y espero que elimines a todos menos al más fuerte”.
“Mmmm, ¿Quién eres tú para decirme lo que debo hacer?”.
Y con esta replica orgullosa, la vivida silueta de Nagase desaparece súbitamente del callejón.
Nadie se da cuenta, y todo lo que capta el ojo humano son flashes de anuncios de neón y una noche cada vez más cerrada salpicada de estrellas.


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